SuperLuna

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Y entonces estábamos en un lago donde nos bañábamos los dos, y era todo como un sueño dentro del sueño. Me desperté y me di cuenta entonces de que te había perdido, parecía tan irónico porque habíamos ido en ese viaje, dentro del sueño, para jurar aguantarnos el uno al otro para toda la vida; tu tendrías que ver las mismas películas que yo, y yo fingir que no me molestaba que llegaras tarde cuando quedábamos de encontrarnos el Café de La Rue 50.

Pero no, por cosas que pasan en la vida real ya no estabas, y yo estaba en un bosque de aquellos que se ven en las películas cliché de gente que se pierde y encuentran muertas tres días después, y un venado ceniciento y triste con el hocico negro se me acercó, en vano esperé que no se fuera también, porque se fue por el mismo camino que en el que seguramente te fuiste. La noche llegó rápido y la melancolía seguía conmigo, tan viva como siempre la había recordado.
Finalmente me desperté del sueño concatenado en el que te perdía, y ahora despierto no estoy seguro si sigue sucediendo lo mismo.

Pero esta SuperLuna está hermosa y se ha tomado el cielo para si sola. Hope it is not “only a paper moon” like that song…

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Diciembre…

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Caminar por las avenidas de la ciudad y encontrarse con muñecos de nieve dibujados en el ubicuo verde mojado y un tráfico que provoca ganas de mudarse a otro planeta es evidencia clara de que noviembre ha muerto en verdad; y a rey muerto, rey puesto. De golpe entonces se da uno cuenta de que ha llegado diciembre con todas sus bondades y todos sus excesos.

En algún tiempo me asombró la infusión navideña en mi venas a manos del capitalismo avaro, en mis venas de sangre que corre sin sentido alguno ni reparo del tiempo, pero ya no, no, ya me acostumbré a la idea de que el tiempo pasa y que diciembre puede llegar cualquier noche luego de las doce, imponerse en mi cotidianidad y quedarse por treinta y un días mientras mi cabeza aún procesa nostalgias del mes de marzo, y echa de menos besos en la calle ciento setenta y tres y San Nicolás que bien pudieron haber sido tres años atrás,  el frío de la estación de Zurich a las tres de la mañana y las risas joviales a causa de no saber adonde ir a parar en una ciudad tan grande.

La rueda del tiempo gira a velocidad constante, y el tráfico sigue siendo hoy más que nunca razón indudable del crecimiento de la entropía del universo e ingrediente esencial de mi improductiva jornada laboral.


Restaurante desierto

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Parece que fue ayer cuando podía verte con la frecuencia correcta y que hacia bien a mi corazón (cuando digo corazón hablo figuradamente; se ha probado ya que es casi una bomba y que los sentimientos pueden ser modelados como reacciones que involucran esos compuestos orgánicos que tanto nos hablaron en el colegio…) Sin embargo ahora es tan difícil verte, con tantas cosas que atender, con los cierres de mes y con la creciente lista de clientes, tanto tuyos como míos, se ha tornado super complicado el coincidir en el mismo punto y respirar el mismo aire.
Pero he encontrado la forma de poder encontrarte sin ser interrumpido por ningún jefe o cliente deseoso de incrementar sus ganancias a expensas de algún presupuesto de la compañía para la cual funjo como traductor/gerente cuentas.
Mejor dicho, mi universo, que es un sistema autónomo con sus propias reglas y métodos se ha ingeniado una forma muy mía de encontrarte; se dio cuenta que podría verte si te dibujaba en cada esquina de mis sueños, en cada pasillo lo suficientemente largo como para que intercambiaramos una sonrisa y puedieras ubicar un mechón dorado de cabello detrás de tu oreja y cambiar la mirada cuarenta y cinco grados al este de mis esperanzas.
No es una solución real, pero es más de lo que me puede dar este mundo material tan limitado a las cosas prácticas, a los flujos de caja y a los márgenes, a los benditos margenes tam necesarios pagar las facturas eléctricas y las planillas.
Entonces, espérame esta noche en la esquina de siempre, allí donde se te hace tan fácil estar, justo encima de mis preocupaciones, de mis deseos y desvelos.


Nostalgia diaria

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La noche fue tan corta. Abrí los ojos cuando faltaba ya poco para que despuntara el alba, como si me hubiera dado un preaviso en secreto para que estuviera pendiente de que empezaría otro día, figuradamente hablando.
Y allí estaba yo con una nostalgia tan grande, con ganas de echar el tiempo atrás a la noche anterior donde la posibilidad de un sueño reparador era tan viva y cierta.
A lo lejos se escuchan los carros de la ciudad, sus claxones y el rumor de sus motores anuncian que la vida sigue y que ni hay tregua ni descanso, aunque estemos en el laberinto de un sueño que sólo se tiene una vez.


Meine geliebte Alleinheit…

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El domingo es un mal necesario, su agridulce soledad es un regalo y una desgracia a la vez. Es un preámbulo del todo, una confirmación de la soledad permanentemente transitoria a la que tengo que someterme siempre.

El domingo trae jubiloso siempre esa melancolía que me producen las canciones que me recuerdan a ti, canciones que escucho sin saberlo tú mientras probablemente estés poniendo atención a lo que dice tu jefe, o tratando de socializar en la cafetería mientras te tomas un té (al final creo que eres como yo, no se te da muy bien hablar con personas que toman el juicio de todos como el propio). Es una prisión y un paraíso que la realidad tenga el color con el cual la vemos, siempre subjetiva y tan propia.

Quisiera que te vieras como te veo, lo mucho que significan todas las canciones que escucho, los libros que he leído y los párrafos que me recuerdan a ti. Toda ese significado, todas las razones de las canciones, de los poemas, de las películas que he visto y los amores que se prometen sus protagonistas pierden sus limites y naturalezas; terminan universalizándose, escudándose en el código que tiene mi cerebro para tu nombre y habitando mi realidad. Todo aquello termina siendo una carga tan pesada los domingos, sobre todo si tienes que ir a algún evento o fiesta familiar y tengo que pasar todo el día en el café leyendo sobre el significado de la obra de Pollock, o leyendo Séneca, a solas con lo que significas, sin poder contemplar la parte baja de tu cuello, y cómo te lo acaricia tu cabello suelto con sus chispas de sol, que le cae como mar en picada a su hermosa piel.

El verbo extrañar , en cualquier idioma es una completa mierda por quedarse corto ante todo lo que significas: Ich vermisse dich nicht…  Pero yo no te extraño, I want you to be the star I revolve around pero la puta economía de mierda, mi trabajo, el tuyo, nuestros jefes y sus desordenes y las cuentas que tengo que pagar no permiten tiempo contigo,

Verdammte scheisse!


Sobre los parques concurridos…

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Lo bueno de los parques y plazas concurridas es que uno se sume en el anonimato más profundo… no importa qué empresa uno representa ni qué intereses no debe uno lacerar. Y tampoco importa la calidad de las fotos; total, éste iPhone sirve para captar lo que de veras interesa: que el pasar del tiempo es palpable y que hay que empezar a definir qué es lo realmente importante.


Vacaciones 2.0

Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo,

que no volverá, no regresará más.

Franco Battiato

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Las vacaciones son algo muy serio. Al pensar en ellas algunos se dan a la idea de disfrutar, de relajarse, de entretenerse, de olvidarse de la rutina. Sin embargo, contrario a todos los pronósticos, terminamos odiando el tiempo libre que tenemos. Pareciera que estuviéramos programados para odiar esa libertad agridulce que supone levantarse el lunes a las seis de la mañana mientras el mundo abre los ojos, piensa en el tráfico, maldice y va por el dentífrico y el cepillo de dientes.

En un mundo donde hacer lo mismo todos los días y por muchos años es altamente valorado, uno es algo así como una mascota amaestrada por sus empleadores para acatar órdenes, producir y no reflexionar, para ensayar silencios institucionalizados, so pena de terribles amonestaciones verbales por parte de su jefe(s) directo(s) en cuartos de poca ventilación. Así que entrar en el período de vacaciones significa entrar en un dominio totalmente desconocido.

Es entonces estrictamente necesario elaborar una lista de que-haceres. Leer aquel libro harto de polvo sobre Jackson Pollock, tomarse una bebida en algún café con terraza (que vamos, por estos lares es mucho más barato en comparación con los del viejo continente).  Ha de saber que una vez ha salido de su oficina es de suprema importancia que se convierta en su propio jefe en la difícil de llevar empresa De-Tener-Unas-Vacaciones-Disfrutables.  Y amonéstese usted mismo si se da cuenta de que no está cumpliendo con la finalidad de la empresa.

Debe convertirse en una especie de gurú esos días, programar estrictamente sus horas de sueño y sus horas de actividad outdoors. Nunca está de más ir a desayunar a algún restaurante justo el día después de salir de vacaciones. Considere leer un libro (preferiblemente algún poeta que no haya leído jamás en su vida… eso sí, evitando siempre los escritores derivativos de superación personal).  Vaya a un parque y dedíquese a mirar a las personas que van y vienen, recordando que usted no tiene que ir y venir, al menos por ahora. Analice a las personas que, como usted si no estuviera de vacaciones se dirigen a sus trabajos.  Escuche alguna conversación en el metro, pierda la estación, baje, y vuélvase a subir en otro tren de vuelta a su estación de destino. Visite el Ponte Vecchio, o vea un video en Youtube sobre este. Evite las cosas sin propósito, y recuerde que tener experiencias es más importante que comprar suvenires.


Ich liebe (deinen) Kaffee

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Quizá sea una enfermedad o algún tipo de síndrome de abstinencia el que me golpea los domingos cuando me despierto y veo que no lo has preparado porque te has ido a correr o al gimnasio. Y sé que lo mejor es regular la ingesta a una taza por día como me ha aconsejado la doctora. Pero me gusta tanto tu café… Y no me conformo, creo que el hecho de que lo hagas tan descuidadamente, como si fuera la cosa menos importante en tu lista de prioridades, o el que sólo lo hagas porque hayas amanecido con ganas de tomar un poco hace que mi adicción crezca con el tiempo. Supongo todo constituye como un reto para mi, el de esperar pacientemente el día que le pongas todo tu esmero, todo tu cariño y lo hagas con todo el amor del mundo sólo porque es para mí.

Yo sé que no hemos firmado ni firmaremos nunca ningún contrato que te haga mi esclava (bueno, sólo lo eres de empresa que te emplea), y que no soy dueño de lo que tus manos hacen, o dejen de hacer. Pero te pido por favor me prepares un poco de café de vez en cuando, preferiblemente el domingo. A ti no te tomará más de quince minutos, ¡pero es que no sabes cuánto me gusta poner mis labios en la taza azul, sentir el aroma de tu café recién hecho y luego tomármelo sorbo a sorbo como un ritual religioso! (…y claro, siempre evito hacer ese sonido que te encabrona tanto escuchar).Si, lo tomo en la taza azul, esa que me compraste para mi cumpleaños en aquel supermercado de la Rue 50, el que tiene siempre esas filas infinitas y sólo tres dependientas sin importar la época del año.

Y no es que no pueda prepararme mi propio café; si algo he aprendido en el vida es a ser independiente, a hacer las cosas por mí mismo. Pero sólo me gusta el sabor del café que tú haces. A veces me asusta necesitar tanto de ti, porque va contra mi filosofía de vida, el de no necesitar, no pedir y no reclamar nunca nada a nadie.

Tal vez deba empezar a acostumbrarme al sabor del que hago.


Just another ego

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Con tanta gente revisando su whatsapp, maquillándose, desayunando mientras maneja no es sorpresa que se formen descomunales filas y que los choques sean casi una regla. En esta ciudad no hay conductores ni autos, sino egos a cuatro ruedas. Egos y sus urgencias, en cada esquina, aparcados a sus anchas en las aceras, haciendo chillar su claxon sin razón alguna en el semáforo o tratando de girar a la izquierda.

Es por eso que tomo el metro para ir a la oficina. Tal vez haya renunciado a mi privacidad, pero me gusta empezar el día sin ese estrés post-tráfico que deja el tener que lidiar con todas las difíciles personalidades que circulan por las calles de la ciudad. Además es un ejercicio casi necesario ese el de sumirme en el anonimato, me da un poco de tiempo para pensar. Otras veces, pues, a decir verdad no pienso en nada sustancial, pero creo que es preferible eso a entrar a ese modo-sobrevivir en el que entro una vez salgo del portón de mi vecindario.

Hace poco sentí muchas ganas de ir al local aquel donde solíamos ir Antoine y yo con frecuencia. Es casi uno de los pocos lugares donde mover la cabeza como James Hetfield no es visto como algo reprochable.  Pero Antoine ya no le gusta ir allí, supongo que el ambiente aquel ya no es de su agrado. Lo he convidado pero me ha dicho que no, que prefiere que nos quedemos en su casa. La gente cambia.

Lorena no es fanática del cine. No me gusta imponerle nada, por lo que trato de ir por mi cuenta. Pero tal vez si le impongo cosas. Justo ayer, luego de haber hecho acto de presencia en el cumpleaños de un amigo suyo fuimos al cine de  Punta Plástica a ver lo último de Tim Burton. Me aproveché de la situación. Ella no estaba muy contenta y no le culpo.

La verdad es que no soy más que otro un ego. Uno que viaja en metro y que dice amar la soledad, pero está siempre sediento de compañía. Otro ego, al fin y al cabo.


A guide to lunchtime/plane/subway talks.

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Decidí ponerme al corriente con los filmes que tenía planeado ver.  Algunos me han dejado interesantes ideas, otros eran derivativos, o la idea principal era muy convencional, cliché…

He sentido una necesidad enorme de comunicar todas y cada una de las cosas que atraviesan por mi mente a alguien. Lo agitado de la rutina, naturalmente me lo prohíbe, y es poco lo que puedo compartir al mediodía cuando salgo a tomar café con Mariola y Guillame, o cuando me encuentro con Lorena. Cada cual tiene sus propias cavilaciones y cosas que contar, los temas de conversación divergen tanto… De manera que al irme a dormir en la noche mi mente divaga por esos laberintos en donde mis ideas están agolpadas, estranguladas contra la delgada abertura que da al mundo exterior esperando su turno para salir. Ese choque de mis ideas contra las paredes del cráneo me produce una gran ansiedad. Pero creo que todos sufrimos de lo mismo, al fin y al cabo todos somos unos incomprendidos.

Pienso que pueden haber al menos dos soluciones preliminares, tal vez no válidas para todos, pero que para mi serían muy útiles.

La primera consiste en amasar tanto conocimiento sobre filosofía como sea posible. Esto para ir descartando las ideas inútiles y cuando llegue el momento de vayamos en un taxi, en el avión, o en el metro y  entablemos conversación con alguien que seguramente no volvamos a ver jamás podamos gentilmente compartir nuestras cavilaciones previamente procesadas por los filtros de la filosofía básica sin que nuestro interlocutor empiece a sospechar de nuestro desequilibrio. Cabe destacar que estas personas tienen por lo general rutinas tan absurdas como las nuestras y lo normal es que tengan muy poco tiempo para discutir sobre las claras evidencias de la proliferación del neoliberalismo en su país de origen.  Hay que ser breve y no esperanzarse a recibir una respuesta acorde. Es importante empezar por inspeccionar el territorio, ver qué tan interesado puede estar el otro en hablar sobre la peste que es el nacionalismo o lo derivativo que puede llegar a ser Coelho si se lo lee detenidamente.  Lo mismo con los individuos cercanos, novias y parientes, es posible que no todos estén de humor para escuchar nuestra opinión sobre lo artístico que puede llegar a ser el porno y lo tachen a uno enseguida de pervertido. Y demás estar decir que todo lo anterior es necesario hacerlo respetando las reglas de convivencia.

Pero compartir nuestras ideas de ésa manera puede ser contraproducente. Y la segunda solución trata de resolver precisamente eso: escribir tanto como se pueda y colgarlo en internet. En algún momento en algún lugar alguien lo leerá, y si es verdaderamente importante dejarán un comentario.


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