Meine geliebte Alleinheit…

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El domingo es un mal necesario, su agridulce soledad es un regalo y una desgracia a la vez. Es un preámbulo del todo, una confirmación de la soledad permanentemente transitoria a la que tengo que someterme siempre.

El domingo trae jubiloso siempre esa melancolía que me producen las canciones que me recuerdan a ti, canciones que escucho sin saberlo tú mientras probablemente estés poniendo atención a lo que dice tu jefe, o tratando de socializar en la cafetería mientras te tomas un té (al final creo que eres como yo, no se te da muy bien hablar con personas que toman el juicio de todos como el propio). Es una prisión y un paraíso que la realidad tenga el color con el cual la vemos, siempre subjetiva y tan propia.

Quisiera que te vieras como te veo, lo mucho que significan todas las canciones que escucho, los libros que he leído y los párrafos que me recuerdan a ti. Toda ese significado, todas las razones de las canciones, de los poemas, de las películas que he visto y los amores que se prometen sus protagonistas pierden sus limites y naturalezas; terminan universalizándose, escudándose en el código que tiene mi cerebro para tu nombre y habitando mi realidad. Todo aquello termina siendo una carga tan pesada los domingos, sobre todo si tienes que ir a algún evento o fiesta familiar y tengo que pasar todo el día en el café leyendo sobre el significado de la obra de Pollock, o leyendo Séneca, a solas con lo que significas, sin poder contemplar la parte baja de tu cuello, y cómo te lo acaricia tu cabello suelto con sus chispas de sol, que le cae como mar en picada a su hermosa piel.

El verbo extrañar , en cualquier idioma es una completa mierda por quedarse corto ante todo lo que significas: Ich vermisse dich nicht…  Pero yo no te extraño, I want you to be the star I revolve around pero la puta economía de mierda, mi trabajo, el tuyo, nuestros jefes y sus desordenes y las cuentas que tengo que pagar no permiten tiempo contigo,

Verdammte scheisse!


Sobre los parques concurridos…

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Lo bueno de los parques y plazas concurridas es que uno se sume en el anonimato más profundo… no importa qué empresa uno representa ni qué intereses no debe uno lacerar. Y tampoco importa la calidad de las fotos; total, éste iPhone sirve para captar lo que de veras interesa: que el pasar del tiempo es palpable y que hay que empezar a definir qué es lo realmente importante.


Vacaciones 2.0

Si pienso en cómo he malgastado yo mi tiempo,

que no volverá, no regresará más.

Franco Battiato

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Las vacaciones son algo muy serio. Al pensar en ellas algunos se dan a la idea de disfrutar, de relajarse, de entretenerse, de olvidarse de la rutina. Sin embargo, contrario a todos los pronósticos, terminamos odiando el tiempo libre que tenemos. Pareciera que estuviéramos programados para odiar esa libertad agridulce que supone levantarse el lunes a las seis de la mañana mientras el mundo abre los ojos, piensa en el tráfico, maldice y va por el dentífrico y el cepillo de dientes.

En un mundo donde hacer lo mismo todos los días y por muchos años es altamente valorado, uno es algo así como una mascota amaestrada por sus empleadores para acatar órdenes, producir y no reflexionar, para ensayar silencios institucionalizados, so pena de terribles amonestaciones verbales por parte de su jefe(s) directo(s) en cuartos de poca ventilación. Así que entrar en el período de vacaciones significa entrar en un dominio totalmente desconocido.

Es entonces estrictamente necesario elaborar una lista de que-haceres. Leer aquel libro harto de polvo sobre Jackson Pollock, tomarse una bebida en algún café con terraza (que vamos, por estos lares es mucho más barato en comparación con los del viejo continente).  Ha de saber que una vez ha salido de su oficina es de suprema importancia que se convierta en su propio jefe en la difícil de llevar empresa De-Tener-Unas-Vacaciones-Disfrutables.  Y amonéstese usted mismo si se da cuenta de que no está cumpliendo con la finalidad de la empresa.

Debe convertirse en una especie de gurú esos días, programar estrictamente sus horas de sueño y sus horas de actividad outdoors. Nunca está de más ir a desayunar a algún restaurante justo el día después de salir de vacaciones. Considere leer un libro (preferiblemente algún poeta que no haya leído jamás en su vida… eso sí, evitando siempre los escritores derivativos de superación personal).  Vaya a un parque y dedíquese a mirar a las personas que van y vienen, recordando que usted no tiene que ir y venir, al menos por ahora. Analice a las personas que, como usted si no estuviera de vacaciones se dirigen a sus trabajos.  Escuche alguna conversación en el metro, pierda la estación, baje, y vuélvase a subir en otro tren de vuelta a su estación de destino. Visite el Ponte Vecchio, o vea un video en Youtube sobre este. Evite las cosas sin propósito, y recuerde que tener experiencias es más importante que comprar suvenires.


Ich liebe (deinen) Kaffee

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Quizá sea una enfermedad o algún tipo de síndrome de abstinencia el que me golpea los domingos cuando me despierto y veo que no lo has preparado porque te has ido a correr o al gimnasio. Y sé que lo mejor es regular la ingesta a una taza por día como me ha aconsejado la doctora. Pero me gusta tanto tu café… Y no me conformo, creo que el hecho de que lo hagas tan descuidadamente, como si fuera la cosa menos importante en tu lista de prioridades, o el que sólo lo hagas porque hayas amanecido con ganas de tomar un poco hace que mi adicción crezca con el tiempo. Supongo todo constituye como un reto para mi, el de esperar pacientemente el día que le pongas todo tu esmero, todo tu cariño y lo hagas con todo el amor del mundo sólo porque es para mí.

Yo sé que no hemos firmado ni firmaremos nunca ningún contrato que te haga mi esclava (bueno, sólo lo eres de empresa que te emplea), y que no soy dueño de lo que tus manos hacen, o dejen de hacer. Pero te pido por favor me prepares un poco de café de vez en cuando, preferiblemente el domingo. A ti no te tomará más de quince minutos, ¡pero es que no sabes cuánto me gusta poner mis labios en la taza azul, sentir el aroma de tu café recién hecho y luego tomármelo sorbo a sorbo como un ritual religioso! (…y claro, siempre evito hacer ese sonido que te encabrona tanto escuchar).Si, lo tomo en la taza azul, esa que me compraste para mi cumpleaños en aquel supermercado de la Rue 50, el que tiene siempre esas filas infinitas y sólo tres dependientas sin importar la época del año.

Y no es que no pueda prepararme mi propio café; si algo he aprendido en el vida es a ser independiente, a hacer las cosas por mí mismo. Pero sólo me gusta el sabor del café que tú haces. A veces me asusta necesitar tanto de ti, porque va contra mi filosofía de vida, el de no necesitar, no pedir y no reclamar nunca nada a nadie.

Tal vez deba empezar a acostumbrarme al sabor del que hago.


Just another ego

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Con tanta gente revisando su whatsapp, maquillándose, desayunando mientras maneja no es sorpresa que se formen descomunales filas y que los choques sean casi una regla. En esta ciudad no hay conductores ni autos, sino egos a cuatro ruedas. Egos y sus urgencias, en cada esquina, aparcados a sus anchas en las aceras, haciendo chillar su claxon sin razón alguna en el semáforo o tratando de girar a la izquierda.

Es por eso que tomo el metro para ir a la oficina. Tal vez haya renunciado a mi privacidad, pero me gusta empezar el día sin ese estrés post-tráfico que deja el tener que lidiar con todas las difíciles personalidades que circulan por las calles de la ciudad. Además es un ejercicio casi necesario ese el de sumirme en el anonimato, me da un poco de tiempo para pensar. Otras veces, pues, a decir verdad no pienso en nada sustancial, pero creo que es preferible eso a entrar a ese modo-sobrevivir en el que entro una vez salgo del portón de mi vecindario.

Hace poco sentí muchas ganas de ir al local aquel donde solíamos ir Antoine y yo con frecuencia. Es casi uno de los pocos lugares donde mover la cabeza como James Hetfield no es visto como algo reprochable.  Pero Antoine ya no le gusta ir allí, supongo que el ambiente aquel ya no es de su agrado. Lo he convidado pero me ha dicho que no, que prefiere que nos quedemos en su casa. La gente cambia.

Lorena no es fanática del cine. No me gusta imponerle nada, por lo que trato de ir por mi cuenta. Pero tal vez si le impongo cosas. Justo ayer, luego de haber hecho acto de presencia en el cumpleaños de un amigo suyo fuimos al cine de  Punta Plástica a ver lo último de Tim Burton. Me aproveché de la situación. Ella no estaba muy contenta y no le culpo.

La verdad es que no soy más que otro un ego. Uno que viaja en metro y que dice amar la soledad, pero está siempre sediento de compañía. Otro ego, al fin y al cabo.


A guide to lunchtime/plane/subway talks.

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Decidí ponerme al corriente con los filmes que tenía planeado ver.  Algunos me han dejado interesantes ideas, otros eran derivativos, o la idea principal era muy convencional, cliché…

He sentido una necesidad enorme de comunicar todas y cada una de las cosas que atraviesan por mi mente a alguien. Lo agitado de la rutina, naturalmente me lo prohíbe, y es poco lo que puedo compartir al mediodía cuando salgo a tomar café con Mariola y Guillame, o cuando me encuentro con Lorena. Cada cual tiene sus propias cavilaciones y cosas que contar, los temas de conversación divergen tanto… De manera que al irme a dormir en la noche mi mente divaga por esos laberintos en donde mis ideas están agolpadas, estranguladas contra la delgada abertura que da al mundo exterior esperando su turno para salir. Ese choque de mis ideas contra las paredes del cráneo me produce una gran ansiedad. Pero creo que todos sufrimos de lo mismo, al fin y al cabo todos somos unos incomprendidos.

Pienso que pueden haber al menos dos soluciones preliminares, tal vez no válidas para todos, pero que para mi serían muy útiles.

La primera consiste en amasar tanto conocimiento sobre filosofía como sea posible. Esto para ir descartando las ideas inútiles y cuando llegue el momento de vayamos en un taxi, en el avión, o en el metro y  entablemos conversación con alguien que seguramente no volvamos a ver jamás podamos gentilmente compartir nuestras cavilaciones previamente procesadas por los filtros de la filosofía básica sin que nuestro interlocutor empiece a sospechar de nuestro desequilibrio. Cabe destacar que estas personas tienen por lo general rutinas tan absurdas como las nuestras y lo normal es que tengan muy poco tiempo para discutir sobre las claras evidencias de la proliferación del neoliberalismo en su país de origen.  Hay que ser breve y no esperanzarse a recibir una respuesta acorde. Es importante empezar por inspeccionar el territorio, ver qué tan interesado puede estar el otro en hablar sobre la peste que es el nacionalismo o lo derivativo que puede llegar a ser Coelho si se lo lee detenidamente.  Lo mismo con los individuos cercanos, novias y parientes, es posible que no todos estén de humor para escuchar nuestra opinión sobre lo artístico que puede llegar a ser el porno y lo tachen a uno enseguida de pervertido. Y demás estar decir que todo lo anterior es necesario hacerlo respetando las reglas de convivencia.

Pero compartir nuestras ideas de ésa manera puede ser contraproducente. Y la segunda solución trata de resolver precisamente eso: escribir tanto como se pueda y colgarlo en internet. En algún momento en algún lugar alguien lo leerá, y si es verdaderamente importante dejarán un comentario.


Become the chauffeur…

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Recuerdo que al haberme graduado de la carrera en la que pasé casi nueve años (por aquella interesantísima tesis en la que pasé casi tres…) mi mujer me preguntó que cómo me sentía. Yo le fui franco y le dije que para mí no era gran cosa, que sentía que todo era un protocolo, una obligación última de regirse por las directrices cuestionables de los directivos de la institución. Según recuerdo había graduandos que planeaban llevar sus hígados al límite; algunos habían llevado incluso toda una comparsa que haría un escándalo a la hora de subir al podio y recibir el certificado aquel. Otros se dedicaban a hacer toda clase de bromas, como tratando de emular por última vez lo que habían sido sus años en la institución.  Yo sólo quería salir de ahí y comer, tenía una grandísima hambre puesto que aquel día tuve que salir de la oficina como alma que lleva el diablo para evitar el tráfico y llegar a tiempo. Además me molestó en gran manera la invocación religiosa.

Algo similar sucedió cuando terminé el bachillerato. No negaré que fui víctima de la nostalgia, y que lo soy aún a veces cuando me reúno con mi amigo Antoine que es muy poeta y traemos siempre a colación en las tertulias nocturnas en su departamento las veces que nos íbamos de juerga siendo aún mozos, rebeldes ante todos y todo lo que pudiera parecernos autoritario.

Ahora que lo pienso siempre he vivido así, sin querer formar parte del malström de sentimientos que involucran los acontecimientos que me acaecen.  Visto de ésta manera mi estrategia de vida no me parecer ser la mejor; tal vez deba empezar a vivir un poco, ser un poco más idiota y comenzar por celebrar trivialidades, los cierres de ciclos, las renuncias, incluso las putas vacaciones de una semana que ni siquiera sé si quería pero tuve que tomar por obligación. Al fin y al cabo esto sólo se vive una vez y no importa.

 

Johann Schwarz

5 de Julio de 2016.


Vacaciones…

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Me sinceraré con ustedes: pienso que una vida sin trabajar es difícil de llevar a cabo en la práctica. Y es que es necesario trabajar a pesar del descontento que dicha actividad pueda causarnos, ya sea porque uno estudió cinco años una licenciatura y haya terminado traduciendo manuscritos en una oficina llena de jefes filipinos despreciables, que no hacen otra cosa que fumar y gritar, pero a uno le gusta el lugar porque viaja a países que de otra forma no hubiera visitado nunca; o porque es preciso dedicarse momentáneamente a cierto oficio (ser agente en un centro de llamadas, bartender, o lo que sea para lo cual se tenga las capacidades y habilidades en el momento) o ya sea porque se está llevando cursos en la universidad, o haya uno tenido un hijo y no haya podido continuar con los estudios, etc. Lo cierto es que trabajos hay muchos y  los grados de satisfacción respecto a los mismos van desde amor a primera vista hasta el odio desenfrenado. Al parecer yo estoy en un punto intermedio.

No deja de llamarme la atención cómo me siento ante la agridulce libertad de tener vacaciones, abrebocas de lo que sería en la práctica el no trabajar. Siento como si me faltara algo, como si el no estar en la oficina dejara un vacío enorme en mi alma (si es que tengo una). Siento algo similar los días en que salgo a la hora justa (digo hora justa en lugar de decir temprano, porque en realidad nadie se va temprano sino a la hora que corresponde) como si tuviera una necesidad biológica de estar sentado en el escritorio traduciendo libros que quizá no se vayan nunca vender.

No sé qué tipo de sentimiento me invade cuando me doy cuenta de que todo puede seguir su curso sin mí. Veo verificado lo que siempre me digo: nadie es indispensable. Uno  construye su vida entorno a la rutina absurda de ir a la oficina y hacer dinero para alguien, pero de la misma manera que uno lo hace hoy, bien podrá hacerlo otra persona mañana.

La verdad es que no he hecho  nada extraordinario en éstas vacaciones. Me levanto tarde, desayuno a deshora. Tan pronto me despierto me ocupo de actualizar los anuncios de los libros que vendo. Estos días han sido particularmente difíciles, nadie quiere comprar los volúmenes que con tanto esmero he conseguido (como si fueran para mí). La mayoría pide bajos precios, pero exige que los libros estén intactos, y que de alguna manera se les garantice que no van a tener problemas con la nueva adquisición, no importa cuán absurdas sean las condiciones bajo las cuales lo lean. Supongo que al final todos, no importa por donde se nos mire somos unos incomprendidos.


La vida corporativa…

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Tenía el alma seca (si es que tengo una) de la dosis diaria de frivolidad del departamento, de los números en rojo en el estimado de ventas, por lo que iba a sesenta kilómetros por hora, como tratando de alargar el camino para no llegar a casa con la psicosis post-oficina; mi mujer no tiene la culpa de de la crisis mundial ni del presupuesto inmenso de la competencia para mercadeo.

En uno de los tantos semáforos, mientras estaba la luz en rojo di una mirada al móvil. Había recibido un mensaje de mi mujer en el que decía que me esperaba en casa, que llegara rápido. Le dije que en quince minutos estaría allí, pero llegué en realidad veinte minutos luego, tenía más demonios que purgar al son de Vivaldi de lo previsto. Abatido por el cansancio fui directo a nuestra recámara y resolví acostarme para estirar la espalda y los pies, pronto me quedaría dormido.

Mi mujer, que estaba en la ducha, salió envuelta en una toalla blanca que le cubría desde poco arriba de las rodillas hasta los senos. El olor del producto que utiliza para el cabello y la idea de sus hebras mojadas me despertaron con la efectividad de tres expresos y un trago de whisky. Se dirigió al gabinete contiguo en donde está la lámpara de noche, la única encendida en ese momento, tomó su loción de cuerpo, caminó luego hacia el armario y sacó unas braguitas negras de encaje, de esas que les llaman cacheteros y que tanto me gustan. Se las puso aún con la toalla puesta. Tomó la loción, dejó caer en su mano un puñado, y acto seguido colocó una pierna sobre la cama y empezó aplicar la loción en ella con gran delicadeza y sensualidad. La toalla que tenía como quien se calza un vestido dejaba entrever tanto…  Y yo, que estaba ya sentado en el borde de la cama frente a tanta belleza pensaba en lo grandioso que era estar vivo aquella noche y con ella.

(imagen tomada de google)


The meeting of my dreams

 

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El viaje a la isla y la reunión con nuestro representante local parecer ser, si así se le puede decir, un hito para mi carrera en la empresa para la cual soy traductor. Lo sea o no poco me importa, antes de que partiera ese avión ya sentía ganas de mandar a todos al corno, especialmente a mi jefe filipino.

Siento que he roto la secuencia y no me gusta la idea de volver al mismo tedio, a las mil cuatrocientas hojas por traducir para el nuevo cliente, que aunque no vaya a elegirnos al final se da el lujo de exigir una rápida entrega del borrador, sin dejar a un lado claro, la revisión final para pasado mañana de aquel otro cliente, el que si nos elige y al que por consiguiente no se puede dejar mal. Soy además soy el único traductor para toda la región que cubre nuestra oficina, mi compañero renunció, contratarán a otro y lo más seguro es que gane el doble de lo que yo gano.

A pesar de que la experiencia que he obtenido en esta editorial ha sido de gran valor para mi carrera de traductor, lo cierto es que ha ido en detrimento de mi calidad de vida; rara vez escribo o leo poesía, y si lo hago lo único que hago es pensar en si no debería estar haciendo alguna otra cosa, ya que nunca tengo tiempo para nada. Si sigo así por lo visto lo más seguro es que me quede realmente solo.

No sé si mi trabajo sea importante o no, pero es una parte crucial en el negocio. No lo voy a negar, el gerente de cuentas es quién conoce las necesidades del cliente y es el que está dispuesto de ser necesario a tomarse unos tragos con él, pero soy yo el que hace la carpintería y a quién las preguntas técnicas son dirigidas,  por lo que en un mundo ideal tal vez sería la pieza más importante y se me debería pagar de acuerdo al rol que juego.

Pero volviendo a poner los pies sobre la tierra, es absurdo querer ser reconocido por todos, como se le reconoce a un rockstar apenas sale a la esquina. Ser reconocido por el jefe directo de uno ya es difícil y plantea jornadas de mucha desdicha, por cuanto la apreciación una persona puede depender de tantas variables como la temperatura del café que se toma por la mañana, la frecuencia en la tiene relaciones sexuales, la cantidad de alcohol que dejó la juerga de la noche anterior en su sangre etc. Así pues, desear el reconocimiento del grupo de personas que están en la esquina, o de los empleados del piso de arriba que se juzgan más importantes que uno es una empresa más allá de lo absurdo.

Pero nunca olvidaré lo graciosa que fue la reunión con mi jefe filipino, ha sido muy empático al hacerlo antes de que me fuera. Me dijo una serie de estupideces que tal vez en su idioma natal puedan sonar congruentes, pero para mi no llegó a ser más basura: que podía llegar a ganar hasta cinco veces mi salario en incentivos pero que no me aumentaría el precio por mis horas de trabajo. Cinco veces el salario claro asumiendo que la facturación de este año estuviera por encima de una frase igualmente absurda. Todo esto, reitero, antes de la importantísima reunión que no pude echar a perder por culpa de mi estúpida ética Kantiana.


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